Petro engañó al país, no a sí mismo para perpetuarse.

Petro engañó al país con un proyecto de poder sostenido en mentira, pobreza inducida y destrucción institucional.

Por José Guillermo Mejía

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Imagen editorial donde se muestra a José Guillermo Mejía junto a una escena institucional oscura que simboliza cómo Petro engañó al país y debilitó la democracia colombiana

El problema no es que el comunismo petrista haya llegado al poder. El verdadero desastre es que llegó sabiendo exactamente qué hacer y lo hizo sin pudor. Petro engañó al país, pero no se engañó a sí mismo. Su proyecto no es un accidente ni una suma de errores: es un plan frío, sostenido en falsedades, mentiras útiles y destrucción institucional, con un objetivo central: permanecer.

El engaño como método: Petro engañó al país desde el relato

“No gobernaré con mentiras”, dijo. Y convirtió la mentira en política de Estado. No la mentira torpe que se desmorona sola, sino la mentira disciplinada: repetida, emocional, diseñada para dividir y desgastar. Petro entendió antes que muchos que, en un país cansado y herido, el relato pesa más que la verdad. Por eso gobierna con consignas, no con resultados; con enemigos, no con soluciones.

Cuando la realidad lo contradice, no corrige: estigmatiza. La prensa es “enemiga”. La justicia, “enemiga”. El empresariado, “enemigo”. El Congreso, “enemigo”. Siempre hay un enemigo porque, sin enemigo, el relato falaz se cae. Así fue como Petro engañó al país de manera sistemática.

La pobreza como instrumento de poder

“El cambio es con los pobres primero”, proclamó. Pero la pobreza no es aquí un efecto colateral: es una herramienta. Un país empobrecido depende más del Estado; un ciudadano asfixiado reclama menos y acepta más. Cada inversión que se va, cada empresa que se frena, cada empleo que se pierde reduce autonomía social y amplía control político. La destrucción económica no es torpeza: es cálculo.

Estigmatización, violencia y el uso del pueblo como escudo

En el caso de Miguel Uribe Turbay, la estigmatización y el perfilamiento ideológico crearon un clima donde el opositor dejó de ser adversario y pasó a ser “enemigo”. No se debatieron ideas: se activó la persecución. Ese ambiente de hostilidad terminó derivando en violencia, con consecuencias irreparables que le costaron la vida. No fue debate democrático: fue estigmatización que desata riesgos reales.

Petro engañó al país, no a sí mismo para perpetuarse”

“El pueblo manda”, repite. En la práctica, el pueblo protege. Sirve de escudo retórico para justificar improvisación, errores y fracasos. Se invoca al pueblo, pero no se le rinde cuentas. Se gobierna en nombre del pueblo, no para el pueblo. Cuando algo falla, no hay responsables: hay traidores.

El comunismo petrista que prometió participación terminó administrando resentimientos. El ciudadano no es sujeto; es coartada. Así también Petro engañó al país con una falsa épica popular.

Moral selectiva y burocracia del “cambio”

“No más corrupción”, sentenció. Y la corrupción no desapareció: se volvió selectiva. Indigna cuando es del otro; se relativiza cuando roza a los propios. La ética dejó de ser principio y pasó a ser arma. Importa menos el hecho que el apellido político del implicado.

“Vamos a desmontar las prácticas de siempre”. El Estado hoy está más inflado y colonizado por lealtades ideológicas que por mérito. La burocracia denunciada como botín se convirtió en refugio de activistas reciclados en funcionarios. El cambio no adelgazó el Estado: lo agrandó y lo repartió para crear empleo militante.

Análisis Y Opinión

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El oro del poder y la obsesión por permanecer

“Somos potencia mundial de la vida”. Poético. Vacío. El país no se administra con metáforas ni se arregla con trinos. Pero este gobierno confunde narrativa con acción y cree que nombrar un sueño equivale a cumplirlo. Mucho discurso, poca ejecución.

Aquí está el núcleo. Este proyecto no se siente obligado a rendir cuentas porque se cree moralmente superior. Y quien se cree dueño de la virtud deja de escuchar, de corregir y de aprender. ¿Ni qué hablar de los escándalos éticos, morales y familiares?

Petro engañó al país, no a sí mismo para perpetuarse”

Mientras los colombianos nos apretamos, el círculo del poder se blinda. Corrupción, contratación desbocada, desconocimiento de las leyes, viajes, cargos, privilegios. El discurso predica austeridad; el comportamiento revela otra cosa: el poder también es negocio. Oro político, oro simbólico, oro material. El oro del control.

Empobrecer al país y llenarse de oro no es contradicción cuando el objetivo es permanecer. Petro no gobierna para gobernar bien; gobierna para quedarse, él o su proyecto, da igual. Para eso necesita instituciones debilitadas, una ciudadanía agotada y una verdad fragmentada.

Gustavo Petro exhibe compromisos incumplidos durante su campaña presidencial, evidenciando cómo Petro engañó al país con promesas que luego desconoció

La democracia no se rompe de un día para otro: se erosiona a punta de mentiras útiles y verdades silenciadas. Petro no se engañó. Sabía exactamente lo que hacía. Los engañados fueron los que votaron por él. Burocracia sin resultados. Moral selectiva. Relato para tapar errores. Poder concentrado en la narrativa.

Hoy, el petrismo se parece demasiado a aquello que prometió desmontar. No es traición ideológica decirlo; es honestidad política. Petro encontró lo que quería: narcotizarse y volverse más adicto al poder. Así, una vez más, Petro engañó al país.

La ruta republicana: ley, límites y prosperidad

La ruta constructiva de Don Hernán Echavarría Olózaga: el legado que inspira al Instituto de Ciencia Política (ICP)

La ruta “LP3” desarrollada por el Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga y dirigido por Carlos Augusto Chacón, no es un eslogan ni una fórmula académica: es sentido común republicano. Libertad política para poner límites al poder y evitar caudillos; propiedad privada para que el esfuerzo valga la pena y la inversión no huya; prosperidad como resultado, no como promesa.

Esa fue la enseñanza de Don Hernán Echavarría: los países se enderezan con reglas claras, instituciones fuertes y ciudadanos que no delegan su libertad. Menos relato, más ley. Menos fe en líderes, más confianza en las instituciones. Esa es la ruta.

Para el 2026, a votar por un candidato presidencial que sea acompañado por congresistas, ciudadanos y ciudadanas para que entre todos reconstruyamos a Colombia,

Feliz año a los demócratas que vamos a levantar a Colombia, y a los comunistas petristas que respeten el proceso electoral y no se roben las elecciones como en el 2022, hecho totalmente demostrado.

José Guillermo Mejía

© Todos los derechos reservados. El contenido de esta columna pertenece exclusivamente a su autor.


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