La mayoría existe en números, pero no en liderazgo ni convergencia política.
Por Orlando Ladeutt
X Twitter: @orlandoladeutt

La última encuesta de Colombia Opina #20 de Invamer no revela un país polarizado. Revela algo más inquietante: un país tensionado entre lo que dice y lo que hace, y esa mayoría silenciosa es el verdadero termómetro.
La mayoría que dice una cosa y hace otra
Colombia afirma que va por mal camino. El orden público vuelve a ser el principal problema. Más del 52% asegura que votaría por un candidato en oposición al gobierno de Gustavo Petro.
Y, sin embargo, la aprobación presidencial no se desploma. Incluso mejora frente a meses anteriores.
Si el país está mal pero el Presidente no cae, el problema no es solo el gobierno. Es estructural. Es institucional. Es político. La responsabilidad está repartida.
Pero ahí no termina la incoherencia.
Centro sociológico: mayoría sin fuerza política
Más del 50% del electorado se declara de centro o sin afinidad ideológica. En teoría, Colombia no está radicalizada. En la práctica, los escenarios de segunda vuelta los lideran Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella.
Los perfiles más radicales del espectro.
¿Cómo se explica que un país que se dice de centro termine orbitando alrededor de los polos?
La respuesta es incómoda: el centro sociológico no es una fuerza política. Es una posición defensiva.
Muchos se declaran moderados porque no quieren cargar etiquetas ideológicas. Pero cuando llega el momento de elegir, no votan por tibieza. Votan por capacidad de conducción.
El país no está radicalizado en identidad. Está concentrado en una exigencia: control. Y esa exigencia atraviesa a toda la mayoría.
Y ahí aparece el dato estructural: el orden público domina la agenda. Cuando la seguridad encabeza las preocupaciones, el discurso neutro pierde tracción. El votante puede declararse de centro, pero el miedo no vota en el centro. Vota donde percibe firmeza.
Surge entonces la paradoja central.
La mayoría y la paradoja del orden público
Si la seguridad es prioritaria, ¿por qué lidera Iván Cepeda, históricamente asociado a la guerrilla y a grupos insurgentes al margen de la ley?
Porque el temor que estructura el voto no es exclusivamente militar. Es también económico e institucional. No es solo violencia armada; es incertidumbre, fragilidad y sensación de desorden. Si el miedo dominante es inestabilidad, la ecuación no favorece automáticamente a la derecha dura.
Además, el liderazgo pesa más que la etiqueta.
Iván Cepeda lidera varios escenarios de segunda vuelta. No porque el país se haya desplazado masivamente hacia la izquierda, sino porque proyecta coherencia ideológica. Puede gustar o no, pero no es ambiguo.
En un entorno de incertidumbre, la coherencia transmite estabilidad interna, incluso si genera resistencia externa. Para una mayoría tensionada, esa señal pesa.
En el otro extremo, Abelardo de la Espriella representa la expresión más directa del voto de reacción frente al orden público y la confrontación política.
Moviliza indignación. Consolida identidad. Genera visibilidad.
Pero enfrenta una pregunta decisiva del electorado: ¿es un liderazgo de catarsis o un proyecto de gobierno?
En elecciones presidenciales hay tres momentos psicológicos: emoción, evaluación y decisión. Abelardo es fuerte en el primero. Todavía no domina el segundo.
No es un problema de radicalismo. Es un problema de percepción de gobernabilidad.
Si no logra proyectar estructura, equipo y viabilidad institucional, su crecimiento se mantendrá en el rango del voto intenso, pero no mayoritario.
Análisis Y Opinión
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Una mayoría fragmentada no consolida conducción
Entre ambos polos aparecen Paloma Valencia, Sergio Fajardo, Claudia López y Roy Barreras. Con trayectoria y reconocimiento. Sin embargo, no consolidan mayoría.
¿Por qué?
Porque el país no está buscando equilibrio. Está buscando conducción.
Roy representa pragmatismo político. Pero en contextos de incertidumbre, el pragmatismo se percibe como cálculo conveniente. Claudia representa institucionalidad, pero su imagen quedó atrapada entre dos relatos: para la derecha es progresista; para la izquierda, traidora. Quedó en tierra de nadie.
Fajardo encarna con mayor pureza el ideal del centro: técnica, educación, moderación, discurso sereno. Pero el problema no es su coherencia; es el momento histórico. En un país atravesado por la sensación de pérdida de control, el tono pedagógico compite en desventaja frente a la narrativa de mando. No se duda de su capacidad técnica, se duda de su capacidad de imponer orden en medio de la turbulencia.
Paloma Valencia representa una oposición firme, ideológicamente clara y disciplinada. Conecta con el votante que exige confrontación directa frente al gobierno y defensa frontal del orden institucional. Sin embargo, su reto es ampliar ese núcleo sin quedar encasillada exclusivamente en la trinchera. La firmeza moviliza, pero también delimita; la ampliación exige elasticidad.
En política, el espacio intermedio funciona cuando el sistema es estable. Cuando el país siente que va mal, la ambigüedad estratégica pierde valor y la firmeza, desde cualquier orilla, gana terreno.
Aquí se revela la fractura real.
La oposición tiene números, pero no conducción unificada. El voto que demanda orden se dispersa entre múltiples liderazgos. El bloque progresista, en cambio, tiende a disciplinarse con mayor eficacia.
La derecha puede ser más amplia en porcentaje, pero si está fragmentada, pierde capacidad de consolidación. Esa mayoría dispersa termina siendo débil.
Una mayoría fragmentada no es mayoría efectiva.
Las paradojas se acumulan:
- El país quiere cambio, pero no salto al vacío.
- Quiere oposición, pero no logra convergencia.
- Se declara moderado, pero elige perfiles definidos.
- Desconfía de los partidos, pero respalda instituciones armadas.
No hay ánimo revolucionario. Hay ansiedad por control institucional.
Colombia no quiere desmontar el Estado. Quiere que el Estado funcione.

2026: la mayoría emocional y el vacío de liderazgo
Por eso 2026 no se perfila como un debate ideológico puro, sino como una disputa por liderazgo creíble.
No se impondrá necesariamente el programa más sofisticado. Se impondrá quien logre articular estabilidad sin autoritarismo y cambio sin improvisación.
El centro no pierde por tibio. Pierde por innecesario.
Hoy el electorado no está premiando pureza doctrinal, sino consistencia y capacidad de dirección.
No es un país confundido. Es un país emocionalmente tensionado.
Y mientras esa tensión no se resuelva, 2026 no será una elección ideológica. Será una elección emocional.
Porque en este momento el vacío de liderazgo pesa más que cualquier contenido programático.
Y en política, el vacío no se administra: se ocupa. Y lo ocupa quien logre algo concreto en la percepción pública: convencer de que puede ordenar, estabilizar y conducir sin romper el marco institucional. Esa es la apuesta final por una mayoría con dirección.
Autor: lando LadeutT © Todos los derechos reservados.
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