La derecha con el enemigo por dentro enfrenta su mayor crisis: el ego, la soberbia y la división amenazan su futuro político.
Por Orlando Ladeutt
X Twitter: @orlandoladeutt

El ego que destruye a la derecha con el enemigo por dentro
Lo voy a decir sin rodeos: la derecha con el enemigo por dentro se está autodestruyendo. Y lo hace no por culpa del petrismo ni por las maquinaciones del progresismo, sino por algo mucho más mezquino y peligroso: el ego de sus propios líderes. Mientras el país clama por una oposición sólida, coherente y capaz de rescatar el rumbo institucional, el Centro Democrático —que debería ser ese faro— se consume en peleas internas, cartas públicas y ataques personales que lo dejan al borde del ridículo político.
Del liderazgo al caos
He visto con preocupación cómo un partido que nació con la bandera del orden, la autoridad y la disciplina hoy se comporta como una jauría desbocada. En lugar de concentrarse en construir una propuesta de gobierno, sus dirigentes parecen más interesados en medir quién tiene más poder mediático, más encuestas o más minutos de protagonismo. Y cuando la competencia se vuelve personal, la política deja de ser un instrumento de transformación y se convierte en un circo de vanidades.
Una derecha que perdió el norte
Las cartas cruzadas, los comunicados filtrados y las declaraciones incendiarias que hemos visto en los últimos días son la radiografía perfecta de un movimiento que perdió el norte. Mientras los precandidatos se enfrascan en disputas por supuestos vetos o trampas en los mecanismos de elección, el país real —el que trabaja, el que madruga, el que sufre la inseguridad y el desempleo— mira con decepción cómo la derecha con el enemigo por dentro desperdicia su oportunidad histórica de recomponer el rumbo nacional.

Madurez política ausente
Y no hablo solo de formas. Hablo de fondo. De cómo un grupo que se presenta como alternativa de poder está mostrando incapacidad para procesar sus diferencias con madurez. Cuando un precandidato lanza acusaciones sin pruebas contra su propio partido y otro responde desde los micrófonos en lugar de los espacios institucionales, el mensaje al país es claro: no hay liderazgo, no hay cohesión y, sobre todo, no hay visión compartida.
Análisis Y Opinión
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Autogoles de la derecha colombiana
A eso se suma el lamentable espectáculo de los ataques personales entre quienes deberían ser compañeros de causa. Las descalificaciones públicas, los insultos disfrazados de “opinión periodística” y los vetos internos no son estrategia: son autogoles. Nadie puede exigirle confianza al pueblo cuando ni siquiera es capaz de respetar a sus aliados. Y esa guerra interna, orquestada por algunos que se creen con derecho a decidir quién merece ser candidato y quién no, le está haciendo el trabajo a la izquierda sin que esta mueva un dedo.
Mientras tanto, la izquierda avanza
Lo más triste es que, mientras el uribismo se desangra en redes y comunicados, el progresismo se reorganiza, toma aire y prepara su ofensiva electoral. Ellos sí entienden que el poder se gana con estrategia, no con berrinches. Y si la derecha con el enemigo por dentro sigue enfrascada en medir egos en lugar de sumar fuerzas, no será Petro quien gane las elecciones del 2026: será la torpeza de la oposición la que se las entregue servidas en bandeja de plata.

La soberbia como sentencia final
He dicho antes —y lo repito con toda claridad— que un movimiento político que no es capaz de disciplinarse, escuchar y unirse, está condenado a desaparecer. La historia no perdona la soberbia. La derecha con el enemigo por dentro todavía tiene capital político, tiene figuras con peso, tiene una base que cree y que está dispuesta a respaldar un proyecto serio. Pero si no hay humildad, si no hay grandeza para dejar de lado los egos y pensar en el país, entonces el resultado ya está escrito: el poder quedará nuevamente en manos de quienes hoy gobiernan con ideología y no con resultados.
La verdad incómoda
El riesgo no es hipotético. Es real, inmediato y evidente. Si el Centro Democrático y sus aliados no se unifican pronto bajo un liderazgo sólido y legítimo, si no entienden que la política no se gana con soberbia sino con estrategia y coherencia, la izquierda volverá a ganar la Presidencia. No porque tenga las mejores ideas, sino porque la derecha con el enemigo por dentro decidió autodestruirse.
Y entonces, cuando llegue ese día, no podremos culpar a Petro, ni a los progresistas, ni a las encuestas. Tendremos que mirarnos al espejo y admitir la verdad más incómoda de todas: que el enemigo no estaba afuera, sino adentro.
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