Los Tal-ivanes en Colombia: un cáncer mortal por erradicar

Los Ivánes en Colombia representan violencia, impunidad y legitimación política del crimen organizado.

Por Silverio José Herrera Caraballo

X Twitter: @PIBBOJOSE290458

Imagen editorial sobre los tal-ivanes en Colombia, con figuras asociadas al conflicto armado, la política y la seguridad nacional, en un contexto de violencia y crisis institucional.

En Colombia pareciera que el nombre Iván no es una simple coincidencia nominal, sino una peligrosa trilogía que resume buena parte de nuestras tragedias contemporáneas. Tres Iván, tres caminos distintos, un mismo denominador común: el daño profundo a la institucionalidad, a la seguridad y al futuro del país.

Iván Márquez, Iván Mordisco e Iván Cepeda representan, cada uno desde su trinchera, las distintas mutaciones de un mismo mal que se niega a desaparecer: la romantización de la violencia, la justificación del delito y la corrosión del Estado desde adentro y desde afuera.

“Los Tal-ivanes en Colombia: un cáncer mortal por erradicar”

Iván Márquez: el traidor profesional de la paz

Iván Márquez no es un “combatiente político” ni un “líder insurgente”; es, simple y llanamente, un traidor reincidente. Traicionó al Estado, traicionó a las víctimas y traicionó incluso a quienes creyeron ingenuamente que había cambiado.

Fue protagonista del Acuerdo de La Habana, se sentó en mesas internacionales y habló de reconciliación y paz. Apenas tuvo oportunidad, regresó a las armas, al narcotráfico y al terrorismo.

Hoy, su llamada “Segunda Marquetalia” no es más que una empresa criminal con discurso ideológico de cartón, financiada por cocaína, minería ilegal y extorsión. Márquez encarna la burla más grotesca a la justicia transicional: usó la paz como escudo temporal, como estrategia de reposicionamiento criminal, mientras el país bajaba la guardia.

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Si está vivo, está prófugo; si está muerto, dejó un legado de cinismo armado. En cualquier caso, su nombre ya está inscrito en la historia como símbolo de la impunidad mal administrada.

Análisis Y Opinión

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Iván Mordisco: el bandolero sin disfraz

Si Márquez es el traidor elegante, Iván Mordisco es el bandolero sin maquillaje. Nunca firmó la paz, nunca creyó en ella y nunca la necesitó. Desde el inicio dejó claro que su único proyecto era el crimen organizado.

Su liderazgo en el Estado Mayor Central no responde a ninguna causa social, sino al control territorial, al negocio de la droga y al reclutamiento forzado de menores, especialmente indígenas y campesinos pobres.

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Mordisco es la prueba viviente de que la narrativa del “conflicto político” ya no aplica. No hay ideología en quien usa niños como escudos humanos ni en quien dinamita comunidades enteras para proteger rutas del narcotráfico.

Sin embargo, el Estado contemporáneo parece tratarlo con una mezcla peligrosa de temor y complacencia, suspendiendo operaciones, hablando de ceses al fuego unilaterales y otorgándole estatus político a quien jamás ha demostrado voluntad de paz.

Mordisco no quiere diálogo: quiere tiempo. Tiempo para expandirse, fortalecerse y seguir asesinando. Cada día que permanece libre es una derrota institucional y una bofetada a las Fuerzas Militares y de Policía que sí cumplen la Constitución.

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Iván Cepeda: el político que legitima el desastre

Y luego está Iván Cepeda, el más peligroso de los tres, no porque empuñe un fusil, sino porque legitima a quienes sí lo hacen. Cepeda no es guerrillero, pero ha sido el más persistente defensor político de una visión del país donde el victimario siempre tiene excusa y el Estado siempre tiene culpa.

Desde el Congreso, desde la narrativa de los derechos humanos selectivos y desde su aspiración presidencial, ha contribuido a suavizar el lenguaje frente al crimen y a criminalizar la acción legítima de la Fuerza Pública.

La imagen corresponde a un momento de los Acuerdos de La Habana y muestra a dos actores clave vinculados al proceso de negociación con las FARC, cuya cercanía política y simbólica ha sido ampliamente documentada.

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Cepeda representa la izquierda moralista que jamás condena con claridad a los terroristas, pero sí se apresura a señalar a los soldados. La izquierda que habla de paz mientras el país se incendia, que predica reconciliación sin justicia y que confunde perdón con amnesia.

Su proyecto político no dispara balas, pero desarma el Estado, debilita la autoridad y normaliza la violencia bajo el discurso de las “causas estructurales”.

Que hoy aspire a la Presidencia en medio del deterioro de la seguridad nacional no es casualidad. Es la consecuencia directa de años de relativizar el crimen y de convertir a los victimarios en actores políticos respetables.

Tres Ivánes, un mismo daño. Márquez mata desde la selva, Mordisco mata desde la ilegalidad armada y Cepeda mata la confianza institucional desde la política.

Erradicar este “cáncer” no implica censurar ideas, pero sí llamar las cosas por su nombre: terrorista es terrorista, criminal es criminal y cómplice político es quien justifica, minimiza o blanquea el delito.

“Los Tal-ivanes en Colombia: un cáncer mortal por erradicar”

Colombia no necesita más Ivánes que expliquen el caos; necesita un Estado fuerte, una justicia sin complejos y una sociedad que deje de aplaudir discursos mientras entierra a sus muertos.

Porque la paz no se construye con sarcasmos ideológicos ni con fusiles disfrazados de causas sociales. Se construye con autoridad, legalidad y verdad. Y eso, justamente, es lo que los tal-Ivánes le han negado al país.

Silverio José Herrera Caraballo

© Todos los derechos reservados. El contenido de esta columna pertenece exclusivamente a su autor.


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