La absolución de Álvaro Uribe Vélez revive el debate sobre el Derecho Penal del Enemigo y la ideologización de la justicia en Colombia.
Por: Orlando Ladeutt
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La absolución del expresidente Álvaro Uribe Vélez por parte del Tribunal Superior de Bogotá reabre un debate profundo sobre la neutralidad judicial y la infiltración de la ideología en el derecho penal.
Un enemigo simbólico en el escenario judicial
Durante años, el expresidente Álvaro Uribe Vélez fue convertido por amplios sectores políticos y mediáticos en el “enemigo público número uno”. Su nombre trascendió el ámbito judicial para instalarse en un terreno simbólico donde no importaban las pruebas, la lógica ni el debido proceso; lo que importaba era destruir su legado. No se buscaba establecer la verdad; lo realmente importante era sostener el relato ideológico.
El fallo del Tribunal y su valor institucional
El reciente pronunciamiento del Tribunal Superior de Bogotá, que absolvió al expresidente Álvaro Uribe Vélez, reviste un valor jurídico y político de gran calado. No se trata solo de la corrección de una decisión judicial previa —emitida por la jueza Sandra Heredia, cuyo razonamiento probatorio fue calificado por el Tribunal como erróneo y deficiente—, sino de un caso paradigmático que expone una peligrosa tendencia que amenaza el Estado de Derecho colombiano.
La teoría del Derecho Penal del Enemigo

Esa tendencia fue descrita con precisión por el jurista alemán Günther Jakobs, creador de la teoría del Derecho Penal del Enemigo. Según Jakobs, los Estados, bajo determinadas circunstancias, terminan tratando a ciertos individuos no como ciudadanos con derechos, sino como amenazas a eliminar. En esa lógica, se debilitan las garantías, se invierte la carga de la prueba y se impone una justicia de excepción, revestida de moral o ideología.
Análisis Y Opinión
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Presunción de culpabilidad y sesgo político
En el proceso contra Álvaro Uribe, varios de esos rasgos se hicieron evidentes. Se partió de una presunción de culpabilidad y no de inocencia. Se ignoraron los principios del debido proceso probatorio y se sustituyó la evidencia por la sospecha. La jueza de primera instancia, más que analizar pruebas, pareció sostener una tesis política: la de un “líder intocable” que debía caer para equilibrar la historia. El Tribunal Superior desmontó esa narrativa al recordar que el derecho no se construye sobre prejuicios, sino sobre hechos verificables. No solo corrigió una decisión, sino que devolvió al proceso la racionalidad jurídica que se había perdido.

El precedente institucional y la erosión del derecho
Lo más preocupante del caso no es solo lo ocurrido con Uribe, sino el precedente institucional que deja. Si un expresidente, con toda la visibilidad pública que posee, pudo ser tratado como enemigo antes que como ciudadano, ¿qué puede esperar un ciudadano común? La aplicación simbólica del Derecho Penal del Enemigo erosiona silenciosamente la confianza en la justicia y convierte los tribunales en escenarios de militancia ideológica.
El desafío institucional de la justicia
La experiencia Uribe pone de relieve cómo el Derecho Penal del Enemigo puede filtrarse de forma invisible en las instituciones democráticas. El verdadero desafío no es político, sino institucional: ¿cómo evitar que el derecho penal se utilice para despojar de derechos y garantías a quienes representan posturas incómodas para ciertos sectores?
Cuando la justicia se somete a la ideología
La justicia, cuando se somete a la presión de la opinión pública o de la polarización política, deja de ser justicia. Pierde su esencia y se transforma en un mecanismo de validación del poder. Por eso, la absolución de Uribe no debe leerse como una victoria personal, sino como una advertencia colectiva. El sistema judicial colombiano está obligado a revisarse y blindarse contra el sesgo político, venga del lado que venga.

Una advertencia para el futuro
El Derecho Penal del Enemigo es una trampa moral y jurídica. Bajo la excusa de proteger al Estado o a la sociedad, termina legitimando la exclusión de derechos y garantías. Hoy fue Uribe; mañana podría ser cualquiera que incomode al discurso dominante.
En un Estado de Derecho, el adversario político no puede convertirse en enemigo jurídico. Cuando la justicia confunde ideología con verdad, no hay vencedores, solo instituciones debilitadas y una democracia más frágil.
Por: Orlando Ladeutt © Todos los derechos reservados. El contenido de esta columna pertenece exclusivamente a su autor.
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