Corrupción en el corazón del poder expone el fracaso ético del Gobierno Petro y su responsabilidad política.
Por Orlando Ladeutt
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No fue un error técnico. No fue una falla administrativa. No fue un hecho aislado.
Lo que hoy tiene a dos exministros del Gobierno Petro enviados a prisión por el saqueo a la UNGRD es la prueba de que la corrupción en el corazón del poder no sólo desnudó el fracaso de la promesa anticorrupción del llamado “gobierno del cambio”, sino que evidenció la normalización de las mismas prácticas que decía combatir. Y ese fracaso tiene un responsable político con nombre propio: el Presidente de la República.
La corrupción en el corazón del poder no nace sola
Ricardo Bonilla y Luis Fernando Velasco no llegaron al poder por generación espontánea. Fueron nombrados, respaldados y sostenidos por Gustavo Petro, incluso cuando ya existían señales de alarma. Eran piezas centrales de su proyecto político, operadores de confianza, engranajes fundamentales del Ejecutivo.
Pretender ahora reducirlos a “casos individuales” no es solo una maniobra defensiva. Es una negación deliberada de la responsabilidad presidencial y una expresión clara de cómo la corrupción en el corazón del poder se protege a sí misma cuando no existe control político real desde la cúspide del Estado.
El relato moral que se derrumbó
Este no era un gobierno más. Era el gobierno que se presentó como moralmente superior, el que convirtió la lucha contra la corrupción en bandera electoral y construyó su legitimidad sobre la idea de que los anteriores eran corruptos y ellos no.
Hoy, esa narrativa está hecha trizas. Porque cuando dos ministros terminan tras las rejas por corrupción, el problema ya no es solo judicial: es político, ético y estructural. Y cuando el jefe de Estado responde minimizando, justificando y relativizando, el daño se profundiza.
Antecedentes que Colombia ya conoce
Colombia ya transitó este pantano. A finales de los años noventa, el escándalo del “miti-miti” sacudió al país cuando se conocieron grabaciones que comprometían a dos ministros del gobierno de Ernesto Samper negociando la adjudicación de frecuencias radiales como si el Estado fuera un botín.
Aquella frase —mitad para usted, mitad para mí— quedó tatuada en la memoria colectiva como símbolo de la corrupción descarada en las altas esferas del poder. Hubo procesos judiciales, condenas discutidas y, como casi siempre, una sensación amarga: la justicia llegó tarde y el sistema se protegió a sí mismo.
Lo inquietante es que casi tres décadas después el libreto se repite. Cambian los nombres, cambia el discurso, pero la corrupción en el corazón del poder sigue intacta, ahora camuflada bajo una retórica de cambio moral.
Análisis Y Opinión
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La responsabilidad que el Presidente evitó
Aquí el punto de quiebre es claro. Gustavo Petro tuvo la oportunidad de asumir la responsabilidad política y no lo hizo. Desde sus redes sociales optó por una estrategia conocida: defender a los suyos, relativizar los hechos, hablar de “ingenuidad”, culpar estructuras heredadas y presentar el escándalo como algo ajeno a su proyecto.
Esa no es una reacción ingenua. Es una decisión política consciente. Eligió proteger su relato antes que la ética pública. Eligió salvar el discurso del “cambio” antes que admitir que ese discurso fracasó en la práctica.
El daño que no se puede ocultar
Cuando un Presidente defiende a ministros imputados por corrupción, no es neutral. Cuando minimiza el escándalo, envía un mensaje de tolerancia. Cuando se niega a asumir responsabilidad política, legitima la impunidad.

Aquí no solo se robaron recursos públicos destinados a emergencias. Se rompió algo más profundo: la autoridad moral del Presidente para hablar de corrupción. Cada peso desviado en la UNGRD es una ayuda que no llegó, una tragedia mal atendida, una comunidad abandonada.
Que eso ocurra bajo un gobierno que se proclamó defensor de la justicia social no es una contradicción menor. Es una estafa política que confirma, una vez más, la corrupción en el corazón del poder.
Un cierre que interpela al país
El problema ya no es Bonilla. No es Velasco. El problema es un Presidente que se niega a asumir que su gobierno falló y que él es responsable de ese fracaso.
Colombia no necesita más líderes que se proclamen distintos mientras hacen lo mismo. No necesita más discursos morales sin consecuencias. Necesita Presidentes que respondan, no que se escuden.
Si este escándalo pasa sin una asunción clara de responsabilidad política desde la Casa de Nariño, el mensaje será devastador: la corrupción es tolerable si viene de los propios. Y quedará claro que el “cambio” no fue una transformación, sino un relevo de discurso para administrar el mismo viejo poder.
Autor: Orlando Ladeutt
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